Me gradué de psicólogo en 2018 y decidí no buscar empleo. Quería ejercer por mi cuenta, y para eso necesitaba que la gente supiera que existía. Así que empecé a crear contenido.
El propio gremio fue el primero en decirme que estaba loco. Que un psicólogo serio no hace eso. Que le estaba restando seriedad a la profesión.
Seguí igual, y me costó caro de otra manera: me saturé. Aprendí en carne propia lo que pesa la consulta privada en soledad y lo que pesa un ritmo de trabajo que no para. Pasé por el agotamiento del que hablamos con nuestros pacientes y que nos cuesta reconocer en nosotros.
Lo que entendí ahí es lo que sostiene todo lo que hago hoy: un psicólogo no necesita más acción. Necesita una red.
Estudié marketing, neuromarketing y ventas, que es lo que la carrera nunca me enseñó. Viajé por cinco países y quince ciudades llevando lo que iba aprendiendo. Y hace dos años armé el lugar que a mí me hubiera ahorrado siete años de intentos en soledad.
No lo armé para tener seguidores. Lo armé para que ningún psicólogo tenga que elegir entre servir a las personas y construir una vida que valga la pena.